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Posibilidad de Escape

La escapatoria siempre tiene un precio.

– Director: Paul Schrader

– Guión: Paul Schrader

– Música: Michael Been

– Fotografía: Edward Lachman

– Reparto: Willem Dafoe, Susan Sarandon, Dana Delany, David Clennon …

 

John Le Tour es un camello, pero no un camello cualquiera, es un camello de lujo. Sus clientes son gente acomodada, clientes de los locales de moda. Pero todo esto está a punto de cambiar, la mujer para la que siempre ha trabajado, Ann, quiere cerrar el negocio y reconvertirse a una empresa legal. Esto llena de dudas por su futuro a John, mientras, un cadáver por sobredosis en un parque y un antiguo amor de sus tiempos de drogadicción provocarán un cúmulo de acontecimientos que lo conducirán a tener que tomar decisiones drásticas.

El film comienza con un largo travelling in, mostrando la calle a ras de suelo, una calle con no poca suciedad desperdigada, hasta que en un momento dado la cámara se eleva. Este inicio ya serviría de condensación del estilo de su director y guionista, Paul Schrader: mostrar la realidad, sucia, decadente, para poder despegar y trascenderla, para escapar. Esta ha sido siempre la obsesión de Schrader, y de sus protagonistas, escapar del vacío, de la suciedad de su día a día, no importa si esa cotidianidad en la que se encuentran atrapados se reviste en el submundo de la droga, en un pequeño pueblo rodeado de nieve y por un tiempo inclemente (“Aflicción”, 1997), en una maldición animal (“El Beso de la Pantera”, 1982) o en un aparentemente luminoso mundo de prostitución de lujo (“American Gigoló”, 1980): todos sus protagonistas se encuentran atrapados, deambulando por su existencia sin encontrar un sentido, buscando una manera de cambiar, de redimirse. “Posibilidad de escape” no se la excepción, sino uno de los mejores exponentes de este estilo trascendental que siempre ha alabado y buscado su director, fruto sin duda de su formación calvinista.

Su protagonista, John, es un camello, esto a priori ya lo hace moralmente rechazable, y dificulta la identificación por la mayor parte del público. No pasa nada, es justo lo que quiere Schrader. Sus protagonistas son la expresión del ser humano, y el ser humano es depravado por naturaleza, no puede tener salvación si no es a través de la gracia, y esta gracia siempre viene de fuera, no de la voluntad del individuo, ya sea a través de los designios del destino o de un ser superior. Sus personajes, meticulosamente caracterizados, se ven impelidos en una determinada dirección, en situaciones que escapan a sus designios, rompiendo su ilusión de control. Esta presencia de algo superior, invisible, que nos observa y juzga, se encuentra en toda la película, Schrader lo muestra a menudo con sus movimientos de cámara, poco convencionales, que tanto se mueve alrededor de los personajes, como los observa desde arriba, como los sigue mientras avanzan por abandonarlos en un momento determinado, irse a otra estancia y volver a encontrar el personaje. Esta cámara, adquiere una dimensión casi orgánica, dando al espectador la sensación de que hay “algo más” que está observando, desentrañando sus misterios.

Esta puesta en escena se ajusta perfectamente a los esquemas de Schrader de sugerir, dar a entender que hay algo más allá de lo que se ve a simple vista. También sirve para poder explorar los espacios (con una magistral utilización simbólica de las calles llenas de basura por todas partes, a causa de una huelga de basuras), los ambientes, que no son sino una extensión del alma de los personajes, de sus obsesiones y demonios. A menudo, Schrader, se vale de planos detalles que aunque parecen triviales, resultan ser mucho más, como todo en el cine de Schrader. Así, los faros y el capó del coche con que John se mueve por la ciudad de noche, muestran un cierto “ritual” diario, cotidiano, aquellos diarios que continuamente termina por tirarlos y empezar de nuevo… todo son pequeños detalles que sugieren que hay mucho más más allá de lo que se muestra. De esta manera la puesta en escena, personalísima, es utilizada por Schrader no para retratar una determinada realidad del submundo de la droga (habría sido muy fácil caer en tópicos y tratamientos moralizantes), no, esto hubiera sido demasiado convencional. Schrader intenta filmar como incluso en estos ambientes sórdidos, con estos personajes, se pueden tener dudas morales, se puede aspirar a una redención, a alcanzar la trascendencia, a elevarse por encima de la basura de la calle; por tanto, intenta filmar como esta materia superficial, sucia, se puede convertir en Trascendente.

La fotografía también colabora para sugerir esta trascendencia, Schrader menudo juega con determinadas iluminaciones y colores como simbolismos, el azul o la fotografía fría, se asocia a la nocturnidad y los locales de moda donde Le Tour hace sus entregas. Los colores cálidos, como cuando Le Tour hace el amor con Marianne, su ex novia, está en el polo opuesto, una promesa de salvación, una posible salida que se frustrará, para mostrar otra. No en vano Ann, interpretada magistralmente por Susan Sarandon, siempre ataviada con colores rojos o cálidos. Todo ello le da un aire de extrañeza, que hay algo más. La música resulta muy adecuada también, resaltando este aire “espiritual” que acompaña todo el film. Los diálogos, las situaciones (las visitas a la parapsicóloga) siempre apuntan a una necesidad de escapar, de redención.

El desarrollo de la trama puede resultar lento, sobre todo para los poco versados ​​en los modos del director, ya que el elemento del crimen del parque y la aparición del policía que presiona a Le Tour (y que terminará detonando la película hasta el desenlace), no aparece hasta bien entrada la película. Este retraso en incluir elementos que hagan avanzar la trama no es gratuito, para Schrader es mucho más importante la exploración de los personajes, de su día a día, de sus dudas morales o existenciales, que la resolución de un asesinato o un crimen, que es completamente secundario, poco más que una excusa argumental para mover al protagonista en determinada dirección para resolverlo, mientras lo realmente importante es la trama “interna”, su lucha por la redención. Y esta redención no es gratuita, a menudo hay que pagar un precio, el protagonista debe inmolarse para alcanzar la gracia, la trascendencia, y esta inmolación menudo pasa a través de la sangre y la muerte. Tal como ocurría en “American Gigoló”, en “El Beso de la Pantera” o “Aflicción”, el protagonista debe enfrentarse y matar sus obsesiones, su “viejo mundo”, para poder limpiarse y liberarse. Es muy ilustrativo, en este punto, el uso que hace Schrader de la composición en dos situaciones similares: por un lado Paul y Marianne sentados frente a frente al hospital, y separados completamente por una columna. Al final, en una composición prácticamente igual, Paul y Ann sentados frente a frente en la prisión, en este caso, pero, aunque separados, no hay ningún objeto físico que los separe completamente: se deja un espacio para conectar, para escapar, para redimirse. Y al final, como en tantos otros films de Schrader, un plano cerrándose, silencioso, contemplativo… ¿Esto es la Trascendencia? Quizás sí, pero como lo invisible no se puede filmar, se deja un final que lleve al espectador a la reflexión.

 

(A partir de uno de mis trabajos para la asignatura de “Análisis y Crítica Audiovisual” de la UOC, en el 2009).